El universo conspira

La madrugada se ahogaba en lluvia fría y malintencionada. Con palabras agresivas en mis oídos y un adiós sin disculpas, me tiré en la cama con el control del dvd en una mano, y mi película preferida en la pantalla.
Pasó unas tres veces de principio a fin por delante de mis ojos húmedos. Los diálogos repetidos en mi memoria me aislaban por momentos de una tristeza desconocida.
Pasaron las horas iluminadas por un sol tímido, y se perdió en la noche mi cansancio.
Dormí en sueños de pasado imaginándome un presente distinto, y desperté sin ganas de desayunar a eso de las 8 de la mañana.
Preparé un café sin azúcar y prendí una vela azul. Abrí las cortinas al cielo nublado que me esperaba afuera, y me senté con la mirada perdida en las baldosas de colores. Escribí una carta, y rompí a llorar. Ya no iba a perdonar.
El mural en la pared lucía inmenso en medio de una casa llena de penas. Pero el aroma a lavanda mantenía la energía de siempre, que difícil pero efectivamente me elevaba.
Mantuve mi mente en el mismo espiral por eternos minutos. La soledad esta vez me agobiaba, y me llevaba denuevo a los años sencillos de tempranos despertadores y recreos entre amigos.
Me resigné por un momento a la perfecta simetría que sonaba de fondo. Haciéndome creer que el amor, es solo amor propio.
Luego me colgué la cámara al cuello y a paso decidido crucé por debajo el cartel de "salida", y noté que el cielo no estaba tan nublado ya...
Caminé cerca de los bares con mesitas en la vereda, y tomé fotos del reflejo del sol en los altos edificios de retiro. Me saqué el buzo gris y escocés porque afuera ya no hacía tanto frío, lo guardé en la mochila y seguí registrando el último día en que lloraría por su culpa.
Celeste profundo era el color predominante de cada toma. El vidrio engañoso de las fachadas generaban efectos asombrosos, que ya a esa altura mantenían ocupada a mi curiosidad.
Caminé al lado del río viendo a los turistas pasar.
Calles colmadas de recuerdos, pero no era un buen día para recordar.


-Leica?-
Frené el paso sonriendo y sin dudarlo al escuchar una voz.
-No, Yashica - dije.
Giré mi postura y me paré frente al hombre sentado tranquilo con un café sobre su mesa individual. Yo desbordaba admiración en mi quietud, por el solo hecho de encontrar alguien que hubiera confundido mi yashica con una leica.
-Usá diapositivas de 64 ASA y revelalas con proceso color C41. Fijate como salen, es interesante.-
Le agradecí el consejo considerando ridículamente que no pretendía hablar más conmigo sobre fotografía, y seguí mi camino arrepintiéndome al instante de haber acortado el momento.

Lo fugaz de una conversación puede marcar eternamente una vida. Igual éste no era el caso.
Tal vez algún día haré el experimento con las diapositivas de 64 ASA. Aunque recuerdo que ese encuentro me cambió el día. Pero cuan cierto es el efecto mariposa? Tal vez no haya sido solo ese día. Tal vez tenga un poco que ver con el siguiente encuentro, ese que sí cambió mi vida.

Me pidió fuego pero no tenía. No fumo. Y probablemente hice una mueca que no recuerdo, en desaprobación. El cigarrillo me provoca rechazo. Soy amable la mayoría de las veces, pero por qué la gente consideraría que fumo? o que cargo en mi mochila un encendedor todos los días?. Digo que probablemente hice una mueca, aunque no lo recuerde, por la manera en que me contestó:
-Bueno... está bien.. perdón...
Lo que recuerdo claramente es haber levantando la ceja ante esa respuesta. Pero después relajé la expresión al observar como me miraba.
-Te invito al planetario- dijo.
Me sorprendió su invitación, me pareció absurda incluso. Me quedé en silencio unos segundos mientras lo miraba esperando mi reacción. Sé que se notó en mi cara la incertidumbre que me generó ese momento, y luego comencé a balbucear razones de por qué mi respuesta sería "no".
Se rió tímidamente como si hubiera estado esperando que pasara exactamente lo que había pasado. Sin sorprenderse ante mi negación, enumeró una serie de contrapartidas a mis excusas, y volvió a callarse. Como siempre pensé que lo haría, acepté, al asumir que ya había demostrado que no era una mujer tan fácil. Pero ahora creo que si no pensó eso, no tiene nada que ver conmigo.
Mantuve mi cámara en la mano, y comencé una conversación que duró hasta llegar a Palermo. Le tomé una foto a ese rostro ahora tan conocido, y guardé el primer momento en papel. Sin mirarnos caminamos por las calles del barrio porteño mientras el sol caía sin vergüenza lanzándonos la noche encima. No fuimos al planetario, pero sin querer, fue la primer excusa para un siguiente encuentro.
Entramos en un bar delicadamente iluminado y nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Podíamos ver pasar a la gente por la vereda mientras compartíamos una cerveza. Cuando la noche se hizo tarde, y el bar cerraba, volvimos a vagar sin rumbo bajo el rocío que volvía a asomarse luego de varios días así.
Y en una de esas veredas impensadas frenó de golpe en una pregunta.
-puedo darte un beso?-
que clase de pregunta es esa?
Me negaría también al intento desprevenido de robarme un beso, pero a la pregunta era más fácil negarme. Sacó su mirada de mi, volvió a mirar hacia adelante, y con asombro continuó su paso a mi lado. Pidió una explicación, que salió de mi boca sin sentido alguno. ¿Cómo iba a explicar por qué no quería besarlo? Podía no querer besarlo, pero no tenía una explicación clara, menos una que lo satisficiera a él. Nada de lo que diría lograría sacarle esa expresión de la cara. Asique opté por cambiar de tema hasta que se olvidara del asunto.
Pero frenamos en un semáforo esperando el paso para cruzar la avenida Santa . Yo miré el tráfico y me volví al él, sin tiempo ni para pronunciar una palabra, ni para negarme a su beso.
La avenida dió vueltas y el semáforo nos cedió el paso.
Cruzamos.
Callados.
-te amo con locura- dije en voz baja.
Él mantuvo la misma mirada que veo cada vez que lo encuentro. No me mira a los ojos pero sonríe a la nada. Sonríe al frente, tranquilo, sin forzar los labios y sin producir sonido.
Esa mirada que en silencio dice: "ya lo sabía".

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